En el mágico mundo de Lumindria, en lo alto de un acantilado, habitaba la anciana bruja Agatha, cuyas dos mil veintitrés arrugas contaban la historia de sus mil trecientos seis años.
Una mañana sombría, durante su habitual paseo por la playa, divisó a lo lejos una escoba náufraga de apariencia singular. A pesar de que las olas la alcanzaban, no lograban arrastrarla de vuelta hacia el mar.
Agatha estaba extrañada, no entendía cómo esa escoba había llegado hasta allí ni por qué parecía estar intacta, a pesar de que el mar que rodeaba el reino estaba maldito para disolver todo objeto, animal o persona que tocara.
Con precaución, la bruja se acercó y notó que, de cerca, la escoba resultaba aún más peculiar. A pesar de su aparente antigüedad, emanaba la sensación de ser completamente nueva. Además, a diferencia de lo que cabría esperar, no mostraba rastro alguno de humedad, como si el mar la hubiera rechazado por completo.
Luego de pensarlo bien, Agatha decidió llevarse consigo la escoba. Pensó que una escoba era simplemente eso, una escoba, y que, a sus mil trescientos seis años, ya nada debería sorprenderla. Una vez en su hogar, al compás del estruendo de las olas chocando contra el acantilado, la bruja conjuró un hechizo para transformar la escoba en una eficaz ayudante en las labores domésticas.
Al principio, la escoba se limitaba a barrer la casa, pero con el transcurso de los días, comenzó a desempeñar otras tareas por sí misma, casi como si cobrara vida propia. Así, se encargaba de organizar los zapatos, hacer desaparecer la basura e incluso se deshacía de los trastos viejos. Aunque esto sorprendió a Agatha, no intervino ya que, al fin y al cabo, la casa siempre lucía impecable y perfectamente ordenada sin que ella tuviera que hacer nada. Además, así tenía más tiempo para disfrutar de sus rutinarios paseos por la playa.
La limpieza en la casa alcanzó tal extremo que la escoba, al no hallar más objetos viejos que desaparecer, comenzó a devorar también objetos de utilidad, desde la vestimenta de la bruja hasta las tejas del techo. Agatha, desconsolada, intentó controlar la situación, pero ningún hechizo surtía efecto, la escoba se había vuelto completamente ingobernable.
Una vez que la escoba concluyó su voraz labor en la morada de la bruja, insaciable, se lanzó al resto del reino, provocando el desvanecimiento de campos y bosques y dejando tras de sí un caos indescriptible. El rey de Lumindria, furioso, culpó a Agatha por la tragedia. La escoba que había encantado había devorado ríos, nubes, jardines, casas, puentes y niños ¡sí, niños!. El príncipe heredero, su hijo, también había sido engullido por la mágica escoba.
La anciana bruja, cada vez más desesperada, suplicaba a la escoba que se detuviera, pero esta hacía oídos sordos a sus ruegos. Ya cansado, el rey le ordenó a la bruja que le explicara de dónde había sacado tan malévolo objeto. Con el corazón apesadumbrado, Agatha confesó la historia de la escoba encontrada en la playa, misma que había llevado consigo sin sospechar que aquel objeto, en apariencia inofensivo, se convertiría en la fuente de tal desdicha.
Lumindria se sumió en el caos mientras la escoba devoraba cada rincón del reino, dejando a su paso un paisaje desolado. El rey, enfurecido y devastado por la pérdida de su hijo, desterró a Agatha del reino, el cual ahora reducido a escombros, se sumió en un lamento eterno por lo que alguna vez fue.
La gente, privada de hogar y esperanza, se dispersó en busca de nuevas tierras donde vivir. La escoba, al no encontrar más para destruir en Lumindria, desapareció en la oscuridad, dejando atrás un reino devastado y una bruja en el exilio. La historia de Lumindria, una vez llena de magia, quedó sepultada bajo las sombras de la imprudencia.
Agatha había olvidado lo que alguna vez sus mil trescientos seis años de vida le habían enseñado: incluso los objetos mágicos más útiles pueden volverse problemáticos si no se manejan con sabiduría y moderación. La magia, al igual que cualquier herramienta poderosa, debía ser utilizada con responsabilidad para evitar catástrofes inesperados.
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